Tú te pones en posición. Lo primero que haces es mirar al teléfono móvil, sus teclas.

Luego cierras los ojos, es un número que hace rato no marcas… lo recordarás?

6 ó 3. es 3, y al final estás segura, ése es el número.

Marcas… no, no entra. Una simpática voz femenina te informa que en este momento el número no está disponible. ¿será una señal del destino? Te preguntas.

Pero no, no estás dispuesta a dejar las cosas así.

Marcas otra vez, y otra vez. La última vez temes, pero no hay problema, te dices. En el peor de los casos, cuando él te conteste, colgarás. Igual nunca sabrá que fuiste tú.

Pero contestas cuando contesta. Hablas cuando hablas, y mientras la buseta te transporta a través de la ciudad, hablas y hablan.

Ahí es donde, cuando él te cuenta de los malentendidos. Bueno, él no te cuenta, él dice y cuando dice tú te das cuenta. Malentendidos, malentendido.

Crees haber aclarado algunos de sus malentendidos (esperas). Pero ahora no sabes qué pensar de las cosas que él te había dejado dicho. Ahora crees que has malentendido todo, que vaina. Supones que tendrás que releer con esta nueva luz.

Este paso, que conveniente haberlo dado.

En efecto, todo está bien, porque el sol brilla y porque hay música de massive attack. Y porque hay un cielo que cubre a todo el mundo, y porque hay gente que se quiere, y todo está bien.

Ahora levantas la mirada y con un ligero movimiento de tu cabeza retiras los cabellos que no te dejaban ver bien. Cierras tu chaqueta (empieza a hacer frío) y sales a caminar, por esta ciudad, una vez más.